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DÍA DE FURIA, NOCHE DE CALMA


14/08/07

Me despertaron las sirenas y el samarreo de los policías:
- Dale, pendeja. No te hagás la dormida. ¡Nena, activá! Y cuidado cuando te pares. No vaya a ser cosa de que toques al tomuer antes de que llegue el fiambrero.

Cuando reaccioné tenía a un gordo acuchillado al lado y un perro policía gruñéndome las partes.
Mi primera reacción fue decir una original frase que de solo pronunciarla me hacía sonar culpable:
- ¡Yo no hice nada! ¡Sueltemé! ¡Yo no hice nada! –
- Así que Yo no hice nada ¿Y el tramontina ensangrentado que tenés en la mano para qué lo usaste? ¿Tan cruda estaba la cena?
Efectivamente. Un cuchillito brillante y nuevo titilaba en mi mano derecha.
Pensé en la cena. La carne había estado cruda pero no tanto. Bueno, lo suficiente para que llamara al camarero o como se llamen los azafatos de colectivo y le pidiera “un cuchillo de verdad”, refiriéndome a uno que no fuera de plástico dadas las condiciones de la porción a rebanar.
- ¡Yo no hice nada! ¡Yo no hice nada! –seguía diciendo a modo de mantra. A lo que el agente respondió:
- ¡Bueno, cortala ya! No, mejor no cortes más nada vos.

Cuando la fuerza policial me arrastraba por los pasillos del colectivo, pensé dónde mierda estaríamos. Evidentemente en algún punto entre Córdoba y Uruguay. Por la vegetación y el calor húmedo supuse que sería Corrientes o cerca. Aunque qué se yo por dónde mierda se va a Uruguay. Podría ser Misiones o algunas de esas provincias donde no se puede dormir de noche y te mastican los mosquitos.
Mientras pensaba en todo esto el agente Palurdo (tu nombre te nombre, pensé) me seguía secando la mente:
- Ahora, qué pelotuda resultaste. ¿Cómo no te vas a deshacer del arma?- casi le contesto una guarangada, pero recordé el “todo lo que digas puede ser usado en tu contra”.

Me metieron en el patrullero me llevaron a la comisaría. Por nombrarlos según las convenciones.
- Andá pensando bien qué le vas a decir al juez el martes vos.
-¡Pero hoy es jueves!
- Qué bien. Sabés los días de la semana. Pensé que eras más boluda.
- Señor, por favor –le supliqué.
- Es Semana Santa nena. O te olvidás. Lo hubieras pensado antes de achurar al gordo. “No debo matar a nadie porque es semana santa y hay feria judicial.”
Mientras Palurdo hablaba una sensación de ira me iba poseyendo. Tanto odio llegué a sentir que si hubiera tenido el tramontina conmigo se lo clavaba en la entrepierna. Y fue ahí, justo en ese momento cuando todo me vino como una visión:
Había tenido una semana infernal y encima tenía que viajar a Montevideo de urgencia por una cagada que se había mandado un compañero del trabajo
Subí al colectivo, me senté y lo primero que noté fue que mi asiento estaba justo adelante del televisor. Por lo que ni vería la película ni podría dormir por el volumen.
Lo segundo que noté fue que el asiento era lo más incomodo en lo que yo me había sentado en mucho tiempo y no funcionaba la manija para reclinar.
Viajamos 50 Km. con una radio que se enorgullecía de pasar “los mejores latinos para enamorarse”. Lo único que hasta el momento me consolaba era que tenía los dos asientos para mi sola. Uno hecho bosta y otro no tanto. Hasta que en uno de esos pueblos que no tienen ni cartel subió el gordo. Cuando lo vi acercarse por el pasillo lo único que pensé fue: que no tenga el 34 que no tenga el 34 que no tenga el 34! Tiene el 34 lareputamadrequemeremilparió! Así que volví a mi asiento que no se reclinaba. A las dos cuadras Don Obeso empezó a roncar. Fue ahí cuando lo decidí. Abrí mi bolso, encontré el pastillero y agarré una pepa. Rosada y perfecta. Vi la cruz que separaba las cuatro dosis y decidí que no estaba para medias tintas. Tomé unita entera así, sin agua. Recuerdo al gordo roncando cada vez más fuerte y yo puteando al Dr. Ahorro por vender placebos bajo el eufemismo de “genéricos”. Tomé dos más. Cada vez sentía más alejados los ronquidos de Señor rechoncho.
El próximo recuerdo que tengo es una sensación de ira. La misma que sentí hace dos segundos por Palurdo. Y ahí, justo ahí le debo haber clavado el cuchillito al gordo porque después de eso recuerdo una gran calma, silencio. Yo lo intuí. Tres pepas era demasiado.

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