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SUI CADERE


Y caí.
Ni la voluntad de cerrar los ojos.
Se cerraron los párpados por dentro.
Me fui recogiendo hasta igualar el tamaño de mi esencia.
Desde el fondo, chiquitita, veía, hasta ya no.
El dolor dejó de ser físico para, ahora si, constituirme.
Fui dolor. Todo yo fue dolor.
Vi amarillo. Sería la luz, interna espero.
Pude recordar que en los siete colores que recorre el camino de la meditación, el amarillo aquieta la mente.
Y vi amarillo y vi la ola de Hokusai, que trajo el amarillo para agarrar con sus dentados extremos mi dentado ruido y devorarlo.
El ruido del mundo se apaga.
El ruido de la cabeza se reduce a repasar por última vez los hechos que me conducen a este día.
Dirán tantas cosas. Puedo oírlas una por una.
Las mentes chatas nunca entendieron mi búsqueda.
La vez anterior de la que hablarán, fue cuando metí un destornillador en el enchufe.
Quería cerrar el círculo que había comenzado 20 años atrás, cuando tenía 5 y mi padre me detuvo justo antes de lograrlo.
Mi búsqueda en ese entonces era otra. Quería sentir. Y lo logré.
La electricidad debe haber conectado caminos de mi cerebro insólitos porque pasaron cosas alucinantes en los segundos que duró la experiencia. Pude, por ejemplo, recordar datos históricos aprendidos en el secundario, repetir conceptos teóricos vistos en la universidad que no había vuelto a recordar. Mi piel era carne hipersensible y sentía absolutamente todo: el frío del piso, el golpe que me había dado al caer, el destornillador calentándose, el plástico del mango derritiéndose en mi mano, las pelusas del suelo, la brisa que entraba por la hendija de la puerta.
Recordé la primera vez que hice el amor, mi primer amante, percibí el aroma de su piel, las arrugas de las sábanas de motel, escuché la música que sonaba en esa habitación. Percibí detalles que en ese momento no había visto.
Volví al lugar. Puedo decir que volví.

Sin embargo, mis razones son muy distintas hoy.
Ya sentí todo lo que un ser humano es capaz de sentir. Todo. Nada queda en mí por sorprenderme. Me conozco de principio a fin.
Se cómo empezará el día, cómo irá mutando hasta transformarse en la cueva que es la noche para mi. Sé mis variaciones a lo largo del largo día. Lo sé. Me sé de memoria.
Se cómo me sentará el whisky antes de empezar a beberlo. Sé su efecto. Sé que mi cuerpo irá más rápido que mi mente así que andaré tonto hasta que el alcohol me alcance la cabeza. Sé cómo reaccionará mi estómago, mi boca, siempre seca aunque la alimente a cada momento.
Lo sé.
Llegó el momento en que prefiero sentir algo a no sentir nada. O a sentir siempre lo mismo que equivale a no sentir nada. Porque uno va perdiendo sensibilidad a lo que es diferente.
Todo es igual. La comida sabe igual. A los días los sé iguales.
Y llegó hoy, una vez más, otra vez hoy y la ola de Hokusai vino amarilla.

Comentarios

Anónimo ha dicho que…
ya te lo dije pero quiero dejar constancia.
me parece una hermosa oda a la metáfora.
te quiero.
Anónimo ha dicho que…
Muy bueno sofi te felicito eso va por el anterior tambien y ademas te adoro.
Besos Pedro
Unknown ha dicho que…
"Ya sentí todo lo que un ser humano es capaz de sentir"
que pasó por aqui?! no me puedo ir que te aburris de todo? je
saludos, linda
Sofia ha dicho que…
elena: gracias. Siempre gracias amiga.
Pedro: gracias
carla: bienvenida y qué alegrió alegrión tenerte entre los bloggers.
beso enorme y welcome back!

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