ARIA DEL DESVELADO: CAPÍTULO VI


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La cosa se presenta inabarcable y le entra miedo. Miedo a repetirse, a la palabra fácil, la frase corta, el beso enano.
Le agarra el vértigo de lo que genera y miedo, más miedo a que la necesiten.
La primera vez que se alejaron de ella supo acompañar la decisión con lo mejor de sí, entrecortando el aliento y con sinceros deseos de prosperidad. Sin embargo, el tiempo le dió la razón, esa que cuando se olvida que la tiene, la pierde.
La intuición le ha sido dada. Sin embargo, nunca deja que sea su única guía, aunque ha podido aprender que siempre será su mejor compañera y que es distancia, a la larga, lo único que tiene.
El primero que se fue, le dio la vida. Desde chica lo vio ir y volver hasta que ya no volvió. Ella fue a su encuentro para descubrir que poco quedaba de eso que se fue borroneando con los kilómetros. Sin embargo, se abrió a la posibilidad de recuperar lo que alguna vez hubo y dibujar de nuevo, pero mal le fue en ese camino en el que no había retorno.
Está en un momento de libertad soñada y desea sentirse adulta en el mundo nuevo que se le presenta. La estabilidad es lo que más desea y volver a querer así le parece inabarcable.
Estuvo siempre disponible a los demás y abrazó con aventura las pasiones que generaba. Aunque de un tiempo a esta parte siente que la predisposición y el amor incondicional que siente hacia prácticamente todo lo que de indicios de vida, no es algo con lo que pueda continuar.
Le gusta, claro que le gusta, ser la que rescata corazones en pena. Se le da más que bien salvar vidas y recuperar almas, pero cada día se siente más cerca del lirismo que de la lira.
Es un gran peso para ese cuerpo transatlántico sentir que tanto depende de ella y este, tema lo que tema, se le presenta como un nuevo riesgo.
Lo piensa, lo imagina, hasta llega a sentir su lengua áspera de dedos amarillos descansando cerca de ella. Otra vez la almohada emula un cuerpo caliente entre la espalda y la pared.
Le gusta su tono, su boca, su nariz. Disfruta como pocas cosas su rutina y descripciones y quiere más imagenes para poder esbozarlo. No sabe su altura ni sus dimensiones pero sus hombros parecen delineado por una vara de madera y lo intuye resistente.

Él parece leer el pasado como restos de un banquete que otro disfrutó. Mientras, en el mar inagotable que parece cada día con su noche, se fuma las horas hasta hacerlas desaparecer.
Una vez la soñó estatua. Otra, porcelana. Varias veces desnuda, por partes. En primeros planos, despacio, a media luz.
Cuando la tiene cerca, que es cuando ella elige contarle cosas, él no escucha. Le interesa sólo disfrutar su presencia. A veces se impacienta con lo poco que tiene de ella pero es con poco, en realidad, con lo que se conforma.
Ella no quiere ser combustible de nadie. A veces fantasea con irse, de nuevo, a otro sitio donde nadie la necesite. Ser anónima y libre. Un organismo desafectado y autosuficiente.
Ante su resistencia, arrebatado, la agarra fuerte y, en algo que suena más a amenaza que a promesa, se lo dice. La sola idea de que cruce el mar por ella la estremece y sale corriendo con tan mala suerte que se tropieza y ahí queda, cinco horas tarde de su madrugada, a 10.000 kilómetros de su cama, a escasos metros de su oportunidad.
Arrinconada, él la fuerza a decidirse. La pared está cerca, la tiene en la espalda y el frio no respeta ensueños. Está tan próximo que lo huele. Él se deja.
Cigarrillo, calle, arrebato, fiebre componen su fragancia que se le mete dentro y la debilita y por primera vez, en todos sus encuentros, ella lo toca.

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Sofía Ferrero Cárrega

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