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Crítica "Verano 1993"


Cuando los sentimientos no tienen nombre

Los niños sienten. Observan y sienten sin que medie el entendimiento. Sin embargo, es un trabajo constante, incluso para los adultos, entender lo que sentimos, el por qué y ponerle un nombre. Esa educación comienza en los padres a través de preguntas que ayudan a localizar un dolor, hacerlo consciente y encontrarle solución, desde un dolor de estómago hasta la tristeza más intuitiva.
“Verano 1993” es la historia de su directora, Carla Simón, que a sus tres años pierde a su padre y tres años más tarde también a su madre a causa del VIH.
Para los duelos no hay tiempo, es verdad. Sin embargo, el verano y las consecuencias de la muerte no podrían ser más opuestos.
La fortaleza de la película está en abordar el dolor desde lo que siente una niña y dejarla ser. Y la cámara lo cuenta desde un acierto: filmarla de atrás, seguirla en ese nuevo devenir, permanecer junto a ella en su modo de estar en ese nuevo espacio, aun no situada, aun sin tener un vocabulario para eso que le pasa.
Los adultos hacen lo que pueden y su pequeña prima es la contraparte perfecta en esta dinámica donde Frida hace travesuras “de niños” como quien intenta controlar alguna de las situaciones de esa vida que tan abruptamente cambia sin su consentimiento.
El final de la película es el que la convierte en un film imperdible: con gran maestría y sensibilidad nos sumerge de golpe (como quien cae en un pozo profundo y espinoso mientras juega) en lo que siente esta niña que ha entendido, también de golpe, que no verá más a su madre y que esa es, desde ese momento y para siempre, su nueva vida.
  
Dirección: Carla Simón
País: España.
Idioma: catalán.
Con Laia Artigas, Paula Robles, Bruna Cusi, David Verdaguer.
Duración: 96 minutos. Violencia: nula. Complejidad: nula. Sexo: nulo.

Publicado originalmente en La voz del Interior, Edición impresa.

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